La “marea roja” que aleja a América Latina de los Estados Unidos

Los vientos que soplan siguen alejando a América Latina de los Estados Unidos, quizás en la misma medida en que la acercan a China e incluso a Rusia. El cierre de la IX Cumbre de las Américas fue propicio para hacer un sucinto balance del itinerario trazado por las sucesivas ediciones de este encuentro hemisférico. Desde que la primera se celebró en la ciudad de Miami, en el año 1994, su propósito e ideario no fue otro que el de alcanzar un continente libre de dictaduras, enteramente gobernado por democracias liberales al modo occidental, y abierto a la mayor cooperación comercial.

No obstante, las cosas parecen haberse ido torciendo desde el año 2005, cuando la IV Cumbre de las Américas se celebró en la ciudad argentina de Mar del Plata. En esa oportunidad, los presidentes Kirchner, “Lula” Da Silva y Chávez encabezaron la oposición a la propuesta del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA, o FTAA por sus siglas en inglés), logrando hundirla. En su lugar, Chávez impulsaba la Alternativa Bolivariana para Las Américas (ALBA). Con el tiempo se haría más evidente que detrás del rechazo a esta iniciativa económica existía, no obstante, una serie de discrepancias políticas importantes.

El panorama hemisférico se ha seguido complicando desde entonces, al punto de que la IX Cumbre de las Américas, celebrada este mes de junio en Los Ángeles, concluyó dejando un sabor agridulce. A pesar de que la declaración final representa un reconocimiento al creciente problema de la migración en el continente, y de que en el texto se contemplan medidas para abordarlo de forma más concertada, varios de los países de origen de los principales flujos migratorios no enviaron a sus máximos representantes políticos.

En parte, esta inasistencia se debió al malestar generado por un hecho que, en definitiva, terminó acaparando la mayor parte de la atención en la Cumbre: la negativa del gobierno estadounidense a invitar a los representantes de Cuba, Venezuela y Nicaragua, por ser ahora mismo los tres gobiernos abiertamente autocráticos en el hemisferio. Dicha decisión es acorde con lo estipulado en la Declaración de Québec (III Cumbre de las Américas, 2001), cuando se ratificó el carácter de encuentro entre democracias de esta cumbre.

Junto al presidente argentino Alberto Fernández, el principal detractor de la decisión tomada por la Casa Blanca fue el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quien anunció que no asistiría a la cumbre si no se invitaba a las tres autocracias. En cumplimiento de lo previamente advertido, y a diferencia de su homólogo argentino, AMLO no viajó a Los Ángeles.

La actitud del gobierno mexicano en política exterior, bajo la dirección del actual gobierno, no ha dejado de hacerse cada vez más belicosa, alejándose de la tradicional parsimonia que históricamente caracteriza a México en estas lides. En esta oportunidad, el fundador del partido MORENA ha forzado las cosas en el plano diplomático y puesto a su país en el centro de una polémica internacional. Y no lo ha hecho para defender la democracia ni los derechos humanos, sino para avalar a los tres regímenes que actualmente acumulan la mayor cuota de responsabilidad de su deterioro en el hemisferio.

La posición de México ante la reciente Cumbre de las Américas no constituye un hecho aislado. Por el contrario, es una más entre las manifestaciones de un nuevo tono diplomático que ha venido cobrando fuerza en la política exterior conducida por AMLO. La visita a Cuba en mayo de este año —y en la cual se habló, precisamente, de asuntos migratorios— ya dejaba entrever la voluntad del presidente mexicano de brindar un espaldarazo al gobierno de Miguel Díaz Canel en las vísperas de la cumbre californiana. Además, México acordó la llegada a su territorio de los polémicos médicos cubanos.

Otra evidencia del acercamiento del actual gobierno mexicano a las dictaduras de la región la dio a conocer el nicaragüense Daniel Ortega al momento de concluirse la cita hemisférica en Los Ángeles, a la que él obviamente no pudo asistir. El decreto 10-2022, aprobado por la Asamblea Nacional de Nicaragua que controla Ortega, no sólo autoriza el ingreso de militares rusos al país centroamericano, sino también de efectivos cubanos, venezolanos, bolivianos y mexicanos. La novedad en este combo la constituye México, que aparece ahora retratado con países que ya acumulan fuertes conflictos con los EE.UU.

La creación del Grupo de Puebla (que viene a ser una suerte de Foro de São Paulo 2.0), luego de que en Brasil llegara a la presidencia el derechista paulista Jair Bolsonaro, permite entrever el papel que el actual presidente mexicano juega para la izquierda más radical del continente, y que explica bastante bien su reciente actitud ante la Cumbre de las Américas. Se trata de un hecho más dentro de una sucesión de situaciones comprometedoras, entre las que cabe destacar aquí la decisión, tomada hace dos meses, de cerrar una unidad de la DEA en territorio mexicano. Dicha unidad había ayudado a capturar a Joaquín El Chapo Guzmán, pero AMLO aseguró que se encontraba “infiltrada por la delincuencia”.

Y de México (y más precisamente de Querétaro) provenía, por cierto, el 747 de la línea venezolana Conviasa, comprado recientemente a Irán y al que se le negó entrada en Uruguay el pasado 8 de junio por encontrarse sujeto a las sanciones de la OFAC. El avión debió regresar a Argentina, por donde había pasado previamente, y esa segunda oportunidad fue requisado por la policía argentina. Al parecer la tripulación estaba integrada por 11 venezolanos y 7 iraníes, entre los cuales se encuentra Gholamreza Ghasemi, nombre que según explica el analista Andrei Serbin Pont coincide con el de un “miembro de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán y administrador de Fars Air Qeshm, aerolínea iraní que usa 747 para traficar armas a grupos terroristas”.

Este tipo de incidentes no han impedido que el recién electo presidente de Colombia, Gustavo Petro, de inmediato haya anunciado tras su victoria la apertura de relaciones con el régimen de Nicolás Maduro, dando un giro de 180 grados a la política hasta ahora mantenida por ese país ante el chavismo. El programa de gobierno de Petro abunda en proclamas y medidas similares a las asumidas en su momento por Hugo Chávez, sembrando de dudas lo que a partir de ahora podrían ser las relaciones de Bogotá con Washington, marcadas durante los últimos 25 años por tales niveles de cooperación que Colombia llegó a adquirir el estatus de socio extraterritorial de la OTAN. ¿Podrá la DEA seguir funcionando en este país? ¿Podrán seguir operando los norteamericanos en las bases militares colombianas? En unos cuantos meses lo veremos.

Mientras tanto, el presidente Lasso de Ecuador —justamente uno de los pocos que no pertenece a la actual “marea rosa” que cubre el hemisferio— se ve sometido a enorme presión por parte de los movimientos indígenas y al momento de escribirse estas líneas afronta la posibilidad de su destitución en el congreso. Y en Brasil, el expresidente Lula, ideológicamente cercano a AMLO, Fernández, Boric y Petro, y nada distante de Maduro y Ortega, es el principal favorito para hacerse de nuevo con la presidencia de su país en octubre de este año, dado que las condenas por corrupción que pesaban en contra de él fueron levantadas por un juez de la Corte Suprema.

Los vientos que soplan siguen alejando a América Latina de los Estados Unidos, quizás en la misma medida en que la acercan a China e incluso a Rusia. A pesar de los esfuerzos realizados por Washington para cultivar sus relaciones con los latinoamericanos, lo cierto es que mantiene el foco puesto en Eurasia, dando quizás por sentado que ningún problema en su propio hemisferio podrá alcanzar jamás la peligrosidad que emerge nuevamente del Viejo Mundo. Tal actitud es comprensible, pero no por ello menos preocupante. Recordemos que nada muy distinto de lo que se pensaba también durante la primera mitad del siglo pasado… hasta 1962.

Miguel Á. Martínez Meucci es Investigador independiente. Ha sido profesor de las Universidades Simón Bolívar, Metropolitana y Católica Andrés Bello (en Venezuela) y Austral de Chile.